Recado confidencial a los chilenos

La caza Azul en que nací está situada en una colina rodeada de hualles, un sauce, nogales, castaños, un aromo primaveral en invierno –un sol con dulzor a miel de ulmos-, chilcos rodeados a su vez de picaflores que no sabíamos si eran realidad o visión ¡tan efímeros!

En invierno sentimos caer los robles partidos por los rayos. En los atardeceres salíamos, bajo la lluvia o los arreboles, a buscar las ovejas –a veces tuvimos que llorar la muerte de alguna de ellas-, navegando sobre las aguas.

Por las noches oímos los cuentos y adivinanzas a orillas del fogón, respirando el aroma del panhorneado por mi abuela, mi madre, o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –Lonko de la comunidad- observaban con atención y respeto.

Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía. Las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles: el destello del fuego, de los ojos, de las manos.

Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento.

Chihuailaf Elicura, 1999. Recado confidencial a los chilenos. Santiago, LOM. pág. 17.