Red Solare Chile

Escuchar es más que oir

A propósito de la importante e interesante discusión generada en nuestro país respecto de los cambios que necesita la educación chilena especialmente respecto de su calidad, no es extraño escuchar a políticos, educadores, estudiantes, padres, madres, apoderados, periodistas entre otros, diciendo que es necesario “escuchar lo que dice la gente”, ”escuchar a los estudiantes”, “escuchar lo que dice la calle” y frases por el estilo.

Esta situación nos hace recordar entre otros, al Dr. Rafael Echeverría que nos habla de la escucha y la conversación y al Dr. Humberto Maturana al plantearnos la escuela como espacio de conversación. Por su parte, Loris Malaguzzi y Carla Rinaldi, más allá de la teoría, nos muestran cómo el escuchar se pone en práctica en las salas cuna y escuelas infantiles de Reggio Emilia. Loris Malaguzzi, decía “oír no es escuchar”, tal vez queriendo llamar nuestra atención sobre la profundidad, complejidad (y a la vez dificultad) que nos plantea la escucha cuando estamos involucrados en el proceso educativo y más aún si queremos mejorar las prácticas pedagógicas en nuestro compromiso con niños y niñas menores de 6 años de edad.

¿Qué significa escuchar? ¿Qué nos quieren decir los estudiantes cuando piden ser escuchados?

Recogiendo las ideas de dichos investigadores, entendemos que escuchar es un acto estrictamente humano que nos distingue de los seres vivos que oyen. A diferencia del oír, el escuchar no se agota en lo sensorial y el actuar, sino que está muy conectado a nuestras capacidades de entender, comprender e interpretar; escuchar está cargado de símbolos e imágenes, que no sólo se apoya en el lenguaje verbal, sino que se enriquece y cobra distintos significados a través de otros y múltiples lenguajes a través de un proceso humano, que se da en relación, incluye el pensamiento, lo consciente, lo racional, lo emocional y lo razonable.

Todos nacemos biológicamente con capacidades para comunicar y vivir relacionados y por tanto con capacidades para construir relaciones y aprender a escucharnos. Es una cualidad de nuestra mente y de la inteligencia, muy presente en los niños y niñas, que implica escucharnos a nosotros mismos y nos facilita el escuchar a otros y emocionarnos. Como dice Rinaldi, “Escuchar es emoción, es generada por las emociones y provoca emociones, las emociones de los demás, nos afectan…”.

¿Por qué entonces nos resulta tan difícil escuchar y escucharnos? ¿Por qué a veces pareciera que frente a las demandas estudiantiles estamos en medio de un diálogo de sordos?

Escuchar es acoger la diferencia, es darle valor al punto de vista el otro, a la interpretación del otro, como diría Maturana, es escuchar el legítimo otro. Escuchar interpreta, da significado al mensaje y valora a quien lo emite, lo hace visible. Tal vez la principal dificultad de la escucha, es que como dice Rinaldi, “la escucha no produce respuestas sino que construye preguntas”.

Según lo que estamos escuchando con tanta frecuencia en nuestros medios de comunicación, el escuchar nos habla de soltar nuestros miedos, inseguridades y certezas para a través del debate y el intercambio, convertir la acción y la reflexión en nuevos conocimientos. Porque escuchar provoca placer en la medida que es hacer descubrimientos, es hacer búsquedas, crear y romper vínculos.

Es así como, reconocer que nuestros niños y jóvenes en tanto en personas en pleno proceso formativo, no sólo tienen derecho a ser escuchados, sino que también tienen derecho a ampliar sus capacidades de escuchar, y nosotros los adultos, escuchar para crecer con ellos. Si en esto estamos de acuerdo, entonces no podríamos dejar de reconocer el papel que compete a la escuela, a educadores y sociedad en general, en aprender o reaprender la capacidad de escuchar y así ampliar y recuperar para nuestra cultura, la práctica de la escucha.

El Dr. Echeverría, nos sugiere a las y los educadores que al menos tenemos que ser capaces de crear entornos de conversación, donde practiquemos el escuchar y el narrar, donde todos nos sintamos legitimados para presentar ideas, teorías y soluciones que tomen formas y evolucionen a través de la escucha, la acción, la reflexión y la emoción.

¿Es posible pasar de la teoría a la práctica?

Como nos dice Rafael Echeverría “La escucha es el secreto del aprendizaje” y entendemos que escuchar requiere aprendizaje; de ahí que en las escuelas infantiles de Reggio Emilia se practique la escucha entre los adultos y entre los educadores y los niños y niñas; en ellas se aprende a escuchar en la medida que cada cual, es escuchado, o dicho de otro modo, el escuchar se enseña, escuchando. Como dice Carla Rinaldi, los niños y las niñas son maravillosos escuchas.

La escucha, en la práctica cotidiana, requiere de la capacidad de una toma de conciencia, implica que los adultos especialmente aprendamos a suspender nuestros juicios y prejuicios y sobre todo tengamos disponibilidad al cambio. El escuchar enriquece nuestro pensar, nuestro hacer, nuestro convivir. Escuchar no puede estar más ligado al educar, al enseñar y al aprender. El debate y el diálogo crean conocimientos y comprensión y no puede estar restringido a los adultos y jóvenes. Es desde la infancia que tenemos que empezar. Y tenemos que empezar por escuchar a la infancia.

Recogiendo lo que Loris Malaguzzi nos ha legado, “escuchar significa estar atento, dar oídos (con todos los sentidos) a la infancia, en su relación con el mundo”, escuchar implica a las y los educadores, una responsabilidad, una ética, una manera de ver y entendernos, entender al otro, a los otros, al mundo, una estética, un compromiso con la infancia. aprender a escuchar a las niñas y niños (y jóvenes), como dice Alfredo Hoyuelos, significa aprender a comprenderlos, entender cómo y por qué hacen, piensan y hablan; comprender qué piden, planean, teorizan o desean; comprender qué mensajes prefieren, que procedimientos exploran o eligen para influir en su entorno u obtener conocimiento.

Escuchar es reconocer a los niños y niñas y jóvenes, es verlos con todos los sentidos, en su integridad, condición necesaria para comprender y respetar su cultura, sus formas de ver, de sentir, de pensar, de relacionarse, de estar en el mundo.

Como dice Echeverría, la escucha en cuanto conversar, es escuchar y hablar respecto de lo que los niños y niñas nos dicen con el lenguaje de las emociones, de los sentimientos, con su cuerpo, con sus gestos, con sus dibujos, con sus deseos y sus elecciones, con sus rechazos, movimientos y teorías. Los niños y niñas tienen múltiples maneras de expresarse, que nos obligan a leer, intercambiar y narrar de distintas maneras y a través de diferentes medios lo que nos dicen.

Si queremos mejorar cualitativamente la educación que estamos ofreciendo a las nuevas generaciones, no puede ser más oportuno recoger lo dicho por el Dr. Maturana cuando sostiene que la escuela es un espacio de conversación, lugar donde aprendemos a coordinar acciones con otros, donde a través del lenguaje, las actuaciones y emociones, aprendemos a “crear un dominio de conductas que han sido consensuadas.”

“La escucha efectiva es permitir que la palabra del otro me transforme.”

Rafael Echeverría